Juguetes que resisten entre pantallas
El regreso de Toy Story supone un nuevo intento de Pixar por reabrir una puerta que muchos considerábamos ya perfectamente cerrada en el tercer largometraje. Esta quinta entrega apela a la nostalgia, intentando equilibrar el legado de personajes icónicos con un mensaje destinado a una generación de niños que ya no juega como antes, que vive rodeada de pantallas, estímulos digitales y una inmediatez que contrasta con la paciencia y la imaginación que siempre definieron a los juguetes tradicionales. En este sentido, la cinta funciona como un espejo cultural, como un recordatorio de lo que fuimos y de lo que estamos dejando de ser. Y quizás por eso esta vuelta a la gran pantalla, inesperada pero pertinente, encuentra todavía un hueco en nuestros corazones porque seguimos necesitados de historias que nos devuelvan a lo esencial.
En estos días resulta significativo comprobar cómo en Disney+ las películas anteriores de la saga vuelven a situarse entre los contenidos más vistos de la plataforma de streaming. Justamente uno de los aspectos más interesantes de Toy Story 5 es cómo asume que la historia de Andy ya quedó cerrada y que ahora toca profundizar en la etapa de Bonnie. Este cambio, que ya se insinuaba en la cuarta entrega, aquí se convierte en el eje emocional del relato. La película redunda en el mensaje de siempre (la importancia de jugar, de imaginar, de crear mundos propios), pero ahora lo hace desde una perspectiva distinta: la de unos juguetes que deben adaptarse a una niña con intereses cambiantes paralelos a la adolescencia.
En este marco, uno de los momentos más valiosos de la película desde un punto de vista social es la reflexión que Toy Story 5 plantea sobre cómo las tecnologías están provocando que muchos niños dejen de jugar antes mostrando cómo los juguetes tradicionales se enfrentan a una competencia feroz y silenciosa. Hay una secuencia especialmente emotiva en la que observan cómo Bonnie pasa horas con una tablet, Lilypad, desplazando sin querer a Jessie, Perdigón, Forky o Rex, quienes antes eran sus compañeros inseparables.
No todo funciona igual de bien en la película. Uno de los aspectos más polémicos es el cambio de voces en el doblaje español. El icónico actor José Luis Gil sufrió un grave ictus en 2021 del que continúa recuperándose. Al no poder retomar su papel dando voz a Buzz Lightyear ha obligado a buscar un reemplazo en Pablo del Hoyo que, aunque profesional, no consigue capturar la energía, el carisma ni la musicalidad del Buzz que todos conocemos. Con Woody ocurre algo similar pues Óscar Barberán no participa en esta entrega por problemas de caché y el vaquero suena extraño, ajeno, casi despersonalizado, en la voz de Miguel Ángel Poison.
Y esto se agrava porque la cinta, además, modifica la personalidad tanto de Buzz como de Woody. Woody, que siempre fue el líder leal, el amigo incondicional, aparece aquí más dubitativo, menos firme, casi diluido en algunos tramos y resultado desafortunado el instante en el que se mofan de su incipiente calva, un gesto que pretende subrayar el paso del tiempo. pero que termina sintiéndose forzado y poco coherente con la lógica interna de la saga. Los juguetes ya habían demostrado que envejecen de otra manera, a través del desgaste, las marcas de uso, la pérdida de brillo. Buzz, por su parte, cae en un tono excesivamente cómico como si Pixar hubiera decidido simplificarlo para hacerlo más infantil. Es un cambio que resta profundidad y que rompe un poco la coherencia emocional construida durante décadas. No es un desastre, pero sí un retroceso evidente.
En términos narrativos, Toy Story 5 mantiene el equilibrio entre aventura, humor y emoción que caracteriza a la saga, pero también se nota que la historia intenta abarcar demasiado. Hay momentos brillantes, especialmente aquellos que exploran la identidad de los juguetes en un mundo que ya no los necesita tanto, pero también hay escenas que parecen repetirse, como si Pixar estuviera intentando recuperar fórmulas del pasado sin lograr que encajen del todo en este nuevo contexto. Aun así, la película consigue emocionar, sobre todo en su tramo final, donde vuelve a demostrar que pocas franquicias saben manejar la nostalgia con tanta precisión. La música, la animación y la dirección artística siguen siendo impecables, y aunque la historia no alcanza la perfección de la trilogía original, sí ofrece momentos memorables que justifican su existencia.
Toy Story 5 es una película que, aún limitada por la sombra gigantesca de sus predecesoras, logra transmitir un mensaje claro: los juguetes siguen teniendo un valor emocional que ninguna pantalla puede reemplazar y ya solo por esto merece la pena acudir al cine.
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