Entrevista: Yolanda Escudero

“Apostar por la cultura es un valor seguro”

En un tiempo en el que la prisa parece imponerse sobre la contemplación, conversar con Yolanda Escudero es una invitación a detenerse y mirar de nuevo. Su trayectoria, marcada por una revolución personal en 2020, la llevó a reencontrarse con la cultura como refugio, brújula y forma de vida. De ese impulso nació El Batiburrillo, un espacio que celebra la curiosidad, el encuentro y la belleza cotidiana. En esta entrevista, comparte cómo el arte y la palabra pueden sostenernos cuando todo se tambalea, cómo la comunidad se convierte en un abrazo necesario y cómo la cultura nos devuelve a lo esencial: la presencia, la emoción y el asombro. Sus respuestas son un recordatorio de que la vida se cultiva con atención, sensibilidad y una mirada abierta al mundo. Aquí, su voz nos guía por ese sendero fértil donde un libro o una canción no es un lujo, sino un modo de habitar la existencia.

P: 2020 fue una revolución personal para ti, porque más allá de sobrellevar la pandemia de coronavirus, tuviste una ruptura laboral que te encaminó a dejar salir ese mundo que forma parte de ti. ¿Cómo fue realmente ese momento de tu vida donde comprendiste que la cultura podía ser un refugio vital y no solo un entretenimiento?

R: Cuando en la vida tienes una revolución íntima y potente cambia la percepción de tu mirada y de sostenerte en tu entorno. Ese momento provocó que mi universo cultural fuera un espacio para habitarlo con mayor presencia y el que me hizo sentir segura. La cultura te hace interpretar y sentir el mundo de otra manera, con mayor riqueza. Te aporta unas herramientas para irlo descubriéndolo. Apostar por la cultura es un valor seguro. Además, va unida intrínsecamente al ser humano.

P: ¿Qué buscabas cuando creaste El Batiburrillo y qué has encontrado en estos años de encuentros?

R: Fue un nacimiento orgánico generado por ese bienestar en el que me vi inmersa. Me impulsó las ganas de compartir algo que enriqueciera la mirada cultural y de Madrid. Gracias al apoyo de buenas amigas, fue el empuje final. En estos años me he encontrado con nuevos horizontes, entre ellos, el arte como medio de comunicación y transformación de la experiencia vital. Me ha aportado también una apertura a lo desconocido y a dar valor a lo que me rodea que es mucho. En definitiva, he crecido emocional e intelectualmente.

P: ¿Cómo eliges los lugares, los libros o los temas que forman parte de tus encuentros?

R: Los barrios que visitamos me proporcionan una base para constituir todo el recorrido. A partir de ahí, se va generando un hilo conductor en el que todo va enlazado. Se va construyendo un discurso con la zona y con los espacios que visitamos. La lectura surge en ese recorrido como preámbulo de ese café de bienvenida en el que la presencia toma su lugar y los asistentes se sienten ya parte del grupo. En una era tecnológica lo virtual nos va ganando la partida y en mis encuentros la asistencia rompe esa partida. Volvemos a ser humanos, a compartir con los demás, a mirarnos a la cara, a escucharnos, a participar de una manera segura y activa.

P: ¿Crees que, con los años, cambia la forma en la que vivimos la cultura? ¿Quizás la disfrutamos con más calma, más profundidad o más conciencia?

R:Totalmente, la cultura va sumando y nos va conduciendo a otros senderos. El discurso cultural va tomando más contenido, vivencias, ideas, pensamientos, emociones. Nos abre nuevas ventanas. En este momento contemporáneo parece que nos da pereza o nos quedamos en una mera superficialidad en muchas de las materias que aborda la cultura. Quizás la tecnología tenga que ver y mucho en ello. Tenemos menos vocabulario, todo es veloz y nada contemplativo. No damos lugar a pararnos para pensar, sentir, vivir…

P: ¿Cómo puede la cultura ayudarnos a combatir la soledad no deseada o a sentirnos más acompañados?

R: En un mundo en que el móvil se ha convertido en casi un compañero de vida es fácil caer en esa soledad. Nos cuesta más el relacionarnos, el compartir con los demás cara a cara, el aventurarnos con el prójimo es casi un reto. La cultura es un medio para ayudarnos a salir de ese mundo tecnológico y vivir realmente. Luego también tiene un lado positivo como sucedió en la pandemia del coronavirus que nos facilitó el sentirnos acompañados en ese encerramiento social en el que estuvimos. Nos hizo visitar el Museo del Prado sin salir de casa, el tener tiempo para leer solos o acompañados por clubes de lectura a través de Zoom, el escuchar conciertos de música y un largo etc. La cultura nos salvó de esa soledad impuesta.

P: ¿En qué momento los lectores pueden notar que la cultura —el arte, la palabra—les ha ayudado a reconectar con ellos mismos? ¿Quizás en una obra que les emociona o que los lleva a un recuerdo luminoso?

R: Creo que eso es fácil de notar, porque sientes un bienestar que te proporciona una energía especial. Las emociones afloran y nuestra humanidad también. Es como cuando alguien ve una película y le ha gustado, no deja de hablar con los demás de ella. O cuando vas a un concierto y la música te emociona cada vez que la vuelves a escuchar en otro sitio. Ese volver a recordar la emoción es vivirlo, de nuevo.

P: ¿Dirías que la cultura nos sostiene cuando la vida se vuelve compleja? En tu caso, ¿ha sido así?

R: La palabra cultura proviene del latín cultüra que deriva de cultus, todo ello nos lleva a significados como cultivar, proteger. Unido en principio a la agricultura, luego ha evolucionado a “cultivo del espíritu”. Así que sí, a través de la cultura somos más humanos pues es nuestra máxima expresión. En mi caso, me ha servido para darme un sendero más allá del conocimiento intelectual, una forma de vida. Un sentido.

P: En tus encuentros siempre hay un componente de comunidad. ¿Qué has aprendido sobre la importancia de sentirse parte de un grupo, especialmente en etapas de la vida donde a veces se estrecha el círculo social?

R: He tenido la oportunidad y la suerte de verme acompañada en este sentido. Dar lugar al otro, a la compañía, a la escucha, a compartir esa curiosidad innata del ser humano para descubrir. Todo eso se engrandece si vas en buena compañía. Somos seres sociales, necesitamos la mano y la mirada del otro. Por eso, hay que rodearse bien siempre. Buscar los grupos que te aporten, que te hagan crecer y sentir; por supuesto, en el que tú des también todo eso.

P: Te defines como amante de la belleza de la vida y de las personas. ¿Cómo se cultiva esa mirada en el día a día?

R: La belleza con mayúscula, ya la mencionaban los sabios filósofos griegos, la unían a esa verdad. Hoy en día, se ha banalizado el concepto, hablamos de una belleza más superficial y efímera; cuando es algo más. La belleza aporta una comunicación íntima con nuestro sentir la existencia. En el ámbito de lo cotidiano, hay hasta momentos bellos, palabras, espacios, miradas… No concibo la vida sin ella. Dicen los neurocientíficos que hay una parte de nuestro cerebro que se ilumina cuando eres “tocado” por un instante bello. Sobre las personas son maestros, amigos, compañeros de este camino terrenal en el que nos ha tocado aparecer. Por lo tanto, hay que amarlas.

P: ¿Qué significa para ti el “hedonismo vital” y cómo lo practicas?

R: Es una manera de situarte en el mundo, dándole un valor y aprecio. El alcanzar el bienestar y vivir desde una cierta plenitud. No es fácil, pero sí placentero. Este hedonismo va unido al significado también cultural. Lograr cierto equilibrio en todo es quizás el ámbito en el que me muevo. No es vivir desde una utopía, es cada día dar los pasos para esa celebración de la vida diaria.

P: Muchas personas sienten que aún tienen mucho por descubrir, pero no saben por dónde empezar. ¿Qué pequeño gesto cultural recomendarías para reactivar la ilusión o abrir un nuevo camino?

R: Habilitar la curiosidad diaria de acercarnos a esas pequeñas metas. Ese gusto por descubrir en nuestros hábitos qué podemos mejorar. Aprender cosas nuevas, investigar, dejarte sorprender, el asombro como un buen compañero de viaje. Planear algo que deseaste mucho, aunque sea, viajar desde las imágenes de la tecnología que ahora nos ayuda. Ver lo bueno que nos aporta. Buscar personas afines con las que conversar, pasear, ir a ver una exposición, descubrir un barrio desde la ingenuidad de un niño.

P: ¿Qué rituales culturales —leer, pasear, visitar un museo, escuchar música— recomendarías para quienes buscan más calma y bienestar en su día a día?

R: Pasear para mí es uno de los mayores placeres. No sólo andar, ni contar los pasos, sino contemplar lo que nos rodea. La ciudad tiene parques, plazas, calles que no has visto. Callejear, respirar la vida. Quisiera acabar con unas palabras que me parecen muy adecuadas para finalizar esta entrevista; son del filósofo (jardinósofo), antropólogo y escritor, Santiago Beruete que dicen así: “la bondad es el nombre de pila de la inteligencia. La amabilidad es el humus fertilizante gracias al cual echamos raíces en otro. Hagamos como los jardineros y prestemos atención y cuidado a la vida que nos rodea.”

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