La venganza, el amor y el perdón como símbolos de la humanidad y la paz
“Solo deseo un mundo donde los niños no tengan que morir”. Con esta frase pronunciada por su protagonista, Scarlet, la nueva película del director japonés Mamoru Hosoda, lanza desde sus primeros minutos una declaración de intenciones tan sencilla como devastadora. El cineasta, nominado al Óscar por Mirai, mi hermana pequeña (2018) y responsable de títulos tan influyentes como la nostálgica película de Digimon (1999), La chica que saltaba a través del tiempo (2006), Summer Wars (2009), El chico y la bestia (2015) o Belle (2021) regresa tras varios años de producción con una historia ambientada en el siglo XVI que, sin embargo, dialoga de forma directa con el presente. Una cinta de 111 minutos de duración muy recomendada que mezcla animación 2D tradicional con 3D para añadir realismo.
El 27 de febrero la película llegó a los cines españoles casi de forma silenciosa, y con muy poca promoción. Muchos seguidores del director ni siquiera se enteraron a tiempo de su estreno, algo especialmente triste tratándose de una de las obras más ambiciosas de su filmografía. Afortunadamente, la distribuidora Arvi Licensing ha confirmado ya su lanzamiento en formato físico en España, previsto para los próximos meses en una edición metálica con contenido extra que permitirá redescubrir la historia con más calma.
La película nace de un contexto muy concreto, hace exactamente cuatro años. El propio Hosoda ha explicado en entrevistas que la idea de Scarlet comenzó a tomar forma tras los años de incertidumbre global provocados por la pandemia. Ese clima de fragilidad y reflexión sobre la vida se filtra en una historia que se pregunta qué significa realmente ser humano: por qué amamos, por qué odiamos y si existe alguna manera de romper el círculo de violencia que parece tan inherente a nuestra naturaleza.
La producción corre a cargo de Studio Chizu, el estudio fundado por Hosoda en 2011 junto al productor Yuichiro Saito con el objetivo de crear un espacio donde desarrollar proyectos personales sin las restricciones habituales de esta industria. Desde entonces, se ha consolidado como uno de los grandes referentes del anime actual, caracterizado por combinar la tradición del dibujo animado japonés con innovaciones digitales. En Scarlet, esa mezcla técnica vuelve a estar muy presente. Hosoda apuesta por una animación que fusiona el 2D clásico con herramientas tridimensionales y efectos digitales que aportan profundidad a los escenarios y dinamismo a las secuencias de acción. No siempre ha sido un equilibrio fácil en trabajos anteriores del estudio, pero aquí la integración resulta mucho más orgánica y se pone claramente al servicio de la historia: una fantasía épica que sigue el viaje de una heroína marcada por la duda, la pérdida y el deseo de redención.
En muchos medios se ha descrito la película como “el Hamlet de Hosoda”. Personalmente, ese paralelismo me parece algo simplista. Decir que Scarlet es una revisión de Shakespeare sería similar a definir Batman como una reinvención de El Rey León. Sí, ambas historias comparten ciertos elementos narrativos —un protagonista que pierde a sus padres y emprende un camino marcado por la venganza o el perdón—, pero la película de Hosoda construye un universo propio mucho más amplio. Sus referencias parecen moverse entre la tragedia clásica, ecos de Macbeth e incluso ciertos elementos que recuerdan al viaje espiritual de La Divina Comedia. Pero hasta ahí cualquier parecido pues tras los primeros minutos de animación la película recorre un camino completamente original y diferente a cualquier escrito por el dramaturgo inglés. Resulta curioso que, mientras en Occidente Hosoda suele considerarse un autor muy personal y casi de culto, en Japón se le percibe como un director bastante comercial. Y lo cierto es que esa dualidad forma parte de su encanto. Sus películas pueden tratar temas complejos o filosóficos, pero nunca olvidan que el cine también es entretenimiento. En Scarlet conviven secuencias de acción, momentos de humor y personajes secundarios que aportan ligereza al relato sin restarle profundidad emocional.
Uno de los elementos más interesantes del filme es cómo el propio diseño del personaje refleja su evolución interior. Scarlet aparece inicialmente cubierta de sangre y barro, dominada por la rabia y el deseo de venganza. A medida que avanza la historia, su aspecto se vuelve más limpio y luminoso, como si el viaje físico que emprende fuese también una especie de purificación espiritual.
He visto muchas películas con mensaje antibelicista, y confieso que no siempre me resultan muy convincentes. A menudo el discurso termina reduciéndose a una moral demasiado explícita: “la guerra está mal”, “el odio es malo”. En Scarlet, hay una escena de un baile—que, como bien adelanta un personaje, bailar simboliza la comunicación del alma a través del cuerpo— que logra expresar ese deseo de paz de forma mucho más poderosa que cualquier discurso directo. Es un momento delicado, casi poético, donde la película habla de sueños, de felicidad y de esa Arcadia ideal que quizá todos llevamos dentro. Y lo entiendes sin palabras, simplemente con música y movimientos que expresan lo que sienten. Y ahí es donde vuelve a aparecer el verdadero espíritu del cine de Hosoda. A pesar de los conflictos, sus historias siempre están atravesadas por una profunda confianza en la humanidad.
Sus películas hablan de familias, de vínculos afectivos, de personas imperfectas que buscan su lugar en el mundo. Lo hacen además con una naturalidad sorprendente: cuando uno se da cuenta, ya está completamente conectado con sus personajes. La música juega también un papel fundamental en esa conexión emocional. La banda sonora está compuesta por Taisei Iwasaki, conocido por su trabajo en diversos proyectos de animación. Entre los temas destacados se encuentra Shukusai no Uta (“Canción de celebración”), interpretada por Maya y Ayumu Matsuda, así como el tema final Hateshinaki (“Infinito”), escrito por el propio Hosoda y que cierra la película con una nota de esperanza.
Scarlet es de esas películas que no destacan con mucho ruido pero que, si la veis, aunque pasen los años, llegará un día que os pongáis a reflexionar sobre algo y de repente os venga esta historia a vuestra cabeza, y revivan los personajes desde el fondo de vuestro corazón donde se quedaron para recordaros su historia y su aprendizaje. Al final, demuestra una vez más por qué Mamoru Hosoda sigue siendo uno de los grandes narradores del anime contemporáneo. No porque sus películas sean espectaculares —que lo son—, ni porque sus mundos imaginarios resulten deslumbrantes. Sino porque, detrás de toda esa fantasía, siempre hay una pregunta profundamente humana esperando a los espectadores: ¿Qué es lo que realmente nos hace humanos?
2D Animator and Character Layout artist




