Un viaje por los cinco sentidos
El reciente surgimiento del Museo de los Sentidos refleja una transformación cultural hacia experiencias más inmersivas y participativas. Como también ocurre con el Museo de las Ilusiones, el Museo de la Felicidad o el Museo de la Luz, estos lugares amplían la oferta de ocio en Madrid respondiendo a un público que busca sorprenderse, interactuar y conectar emocionalmente. En conjunto, este nuevo espacio ubicado en la calle de la Virgen de los Peligros, número 5, actúa como un laboratorio urbano de nuevas formas de entretenimiento, donde la creatividad y la percepción se convierten en protagonistas. Aquí no se viene a contemplar, sino a experimentar y a sentir con la vista, oído, olfato, gusto y tacto. ¿Preparados para cuestionar lo que damos por sentado y a redescubrir la realidad desde nuevas perspectivas?
El desafío inicial a la percepción que plantea el Museo de los Sentidos es que no se trata de museo al uso ni pretende serlo. Desde el primer momento se concibe como un parque temático para adultos que aún conservan la capacidad de asombro y como un espacio que los niños no recorren, sino que atraviesan a través de diferentes sensaciones para las que precisan la vista, es decir, la que permite percibir luz, colores, formas y movimiento y que en este lugar es el sentido dominante en la mayoría de las actividades, y también el oído que capta sonidos, ritmos y vibraciones esenciales para la comunicación. Ya os adelanto que también habrá que poner a prueba el olfato, ese que detecta olores y que está muy ligado a la memoria y el gusto, el cual reconoce sabores básicos como dulce, salado, ácido, amargo y umami. Por supuesto, el tacto será esencial para percibir diferentes temperaturas y texturas.
De cualquier modo, cabe subrayar que la experiencia en este museo comienza incluso antes de entrar en las salas, cuando el personal os entregue unos calcetines y unas gominolas para que recorráis con ellos el espacio. Una decisión que no es casual. Caminar de esta manera favorece una mayor conexión con el entorno, mejora la estabilidad y despierta la sensibilidad de la planta del pie, lo que amplifica la percepción de inclinaciones y efectos visuales. Yo personalmente he caminado con más libertad y atención, un detalle que potencia la inmersión en cada instalación y permite que las ilusiones se sientan no solo con la vista, sino también a través del tacto. Por cierto, si os estabais preguntando dónde se quedan vuestros zapatos y pertenencias que no cunda el pánico pues hay unas taquillas muy amplias que, por cierto, son toda una prueba para evaluar nuestra capacidad para distinguir ciertos colores.
El Museo de los Sentidos continúa con el ritual que ha proliferado en estos espacios interactivos de hacernos una fotografía al inicio (en este caso haciendo un pequeño guiño a la escena del gancho en Toy Story) y darnos un ticket con un código que se imprime al final del recorrido. Si bien esta imagen funciona como una extensión de la vivencia y refuerza la idea de llevarse un recuerdo tangible de la visita, personalmente esta recompensa me parece que es una forma de encarecer el precio de la experiencia.
A pesar de que en otros museos ya me he topado con un caleidoscopio, es un instrumento que siempre me sorprende por su capacidad de crear muchas imágenes de nosotros mismos en la que cada ángulo revela una nueva forma. No es el único objeto que juega con la percepción pues muy cerca os toparéis con un espejismo, es decir, algo que parece muy real, pero que finalmente es una ilusión. ¡Vuestro cerebro caerá en la trampa casi sin que os deis cuenta! El asombro es continuo en el intercambia rostros que, especialmente, os recomiendo que hagáis con vuestra pareja pues mezcla vuestros rasgos con el de la otra persona.
Os adelanto que también hay una sala donde reina la luz monocromática, es decir, aquella en la que domina un único color puro dentro del espectro visible. A diferencia de la luz blanca aquí no hay mezcla de colores que distorsione el resultado lo que os incentivará a descubrir detalles ocultos en las paredes.
En el Museo de los Sentidos igualmente se pondrá a prueba vuestro equilibrio mediante un túnel giratorio donde el movimiento constante de las paredes puede engañar a vuestra percepción. Por si os sirve de consejo, durante algunos segundos yo misma he experimentado la sensación de caerme al suelo, pero me he concentrado y he buscado estabilidad mirando en un punto fijo hacia el frente. En este marco, me ha parecido muy acertado que después de que caminar se convierta en un acto heroico y de experimentar una ligera sensación de vulnerabilidad, nos topemos con un peligro aún mayor: una alfombra llena de piezas apiladas de LEGO. ¿Quién no se ha clavado alguna vez en un dedo una de ellas, tan duras y con bordes tan definidos? La experiencia juega precisamente con esa idea de recordarnos lo sensibles que son nuestros pies para que los visitantes experimentemos una mezcla de texturas y presión irregular, activando nuestra percepción corporal.
Ahora bien, una de las propuestas más sorprendentes, y que pone alerta a nuestro sentido de la vista proviene de una lluvia que tan pronto se detiene como fluye hacia arriba. ¿Es real? Tendréis que averiguar por vosotros mismos, aunque ya os digo que se trata de algo hipnótico, casi meditativo, y yo me he quedado más tiempo del previsto atrapada en esta dimensión mágica tocando y escuchando el agua mientras que a mis ojos les ha costado procesar esta ilusión.
Sin embargo, mi sala favorita ha sido la formada por un pasillo oscuro atravesado por líneas verdes de luz que simulan los clásicos sensores láser de las películas de espionaje. Desde el primer paso, el brillo intenso de los haces y la disposición estratégica de cada línea harán que avancéis con una mezcla de tensión y diversión, calculando cada movimiento como si estuvierais evitando activar una alarma. La iluminación baja acentúa la sensación de estar en un espacio vigilado, exigiendo agacharos, estiraros, girar el cuerpo y medir vuestro equilibrio, igual que si os hallaseis en Misión Imposible.
El público al que va dirigido el Museo de los Sentidos es amplio, pero, sin duda, la zona de la piscina de bolas se ha convertido en uno de los rincones más animados especialmente para los niños, que viven este espacio como un pequeño oasis de juego dentro de la experiencia. Lo más curioso es que grandes y pequeños además de sumergirse, saltar y revolcarse entre los colores, pueden lanzar las bolas hacia distintos objetivos luminosos. Como veis, aunque los adultos también pueden disfrutar acompañando a los críos, este museo brilla especialmente cuando los menores se convierten en los protagonistas, viviendo cada sala como una aventura hecha a su medida, despertando su curiosidad y manteniéndoles activos y entretenidos.
¿Os acordáis de las chuches que entregaban en la entrada? ¡En la planta baja es el momento de usarlas! O, mejor dicho, tratar de adivinar su sabor. Y, atención, porque todo aquello que parece evidente para vuestras papilas gustativas a veces no lo es en absoluto. Cabe subrayar que en este piso inferior también se proyecta un vídeo animado sin sonido y contamos con una serie de objetos para crear sonido y dar vida a la historia animada. ¡Una fantasía!
Como habéis podido comprobar con estas pinceladas que os he compartido sobre el Museo de los Sentidos, se trata de un espacio que no exige conocimientos previos. No hay que entender arte contemporáneo, ni física, ni psicología. Basta con estar dispuesto a dejarse sorprender por este torbellino sensorial pues os aseguro que luego la calma resulta desconcertante.
Si vais con la idea de que este museo es como Ikono Madrid donde cada rincón es fotografiable y está concebido para que las publicaciones llamen la atención en redes sociales, aprovecho para destacaros el enfoque más orgánico y menos fotográfico del Museo de los Sentidos pues considero que esta experiencia es más poderosa cuando se vive sin pantallas. Aquí no solo se busca sorprender, sino transformar la relación de los visitantes con sus propios sentidos, convirtiéndose en una propuesta más profunda, más y más memorable. Este es su mayor logro: recordarnos que los sentidos no son herramientas pasivas, sino puertas abiertas a un universo que cambia según cómo lo miremos.
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