Crítica: documental “El Blasco”

El colegio que sobrevivió al barro y al olvido

Del mismo modo que un peral de Callery, conocido como árbol superviviente, resistió a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center, el colegio público Blasco Ibáñez de Benetússer se convirtió en un símbolo poderoso de resiliencia tras la DANA de 2024. Pese al golpe de aquella tromba de agua inesperada, el centro volvió a abrirse paso entre el barro y la incertidumbre gracias a un grupo de personas que trabajaron por el bien común en una situación límite. El Blasco, primer largometraje de Nacho Sánchez, rinde un homenaje a estos héroes anónimos compitiendo estos días en la sección Mirades de la décima edición de Docs Valencia. Tras su estreno mundial, deseo que el viaje por pantallas de este documental sea tan fértil como para seguir despertando conciencia allí donde se proyecte.

En apenas 73 minutos, El Blasco logra instalarse en el corazón del espectador con una honestidad desarmaste. No necesita artificios ni grandes gestos: le basta con mostrar la humanidad que brota en medio del desastre, la fuerza silenciosa de quienes sostuvieron una escuela como punto de encuentro cuando todo se vino abajo. Si bien este documental supone la primera incursión directa en el ámbito cinematográfico de Nacho Sánchez, su mirada cercana, respetuosa y profundamente humana convierte cada testimonio en un recordatorio de lo que somos capaces de hacer ante la adversidad. Sin duda, es un relato que deja resonando por dentro.

A diferencia de otros documentales sobre la DANA de 2004 que se afanan en reconstruir cada instante de lo ocurrido, El Blasco, rodado en Benetússer, entiende que no hace falta un relato cronológico para comprender la magnitud de lo vivido. Le basta con escuchar a quienes estuvieron allí. Son sus voces, sus silencios y sus miradas los que nos conducen, casi sin darnos cuenta, a esas horas posteriores en las que el caos convivía con la entrega y el miedo con la determinación. Concretamente se pone en el foco en un grupo de personas que se unieron espontáneamente a las autoridades locales para transformar una escuela de Educación Infantil y Primaria en uno de los principales centros de ayuda. Un hecho que me parece extraordinario y que, desde luego, me ha hecho reflexionar acerca de la gran capacidad del ser humano para luchar a contracorriente y sacar su mejor versión dentro de una catástrofe.

De hecho, si hay algo que me emociona es que el grupo de personas anónimas que respondió con solidaridad y trabajo incansable desde el primer momento fue creciendo con el paso de las horas gracias a la llegada de voluntarios con su mismo ánimo de ayudar. Éstos limpiaron calles, retiraron muebles, repartieron comida, abrazos y calma. Se movieron entre el barro como si cada gesto pudiera devolver un poco de dignidad a lo perdido, y lo hicieron con una generosidad que aún hoy conmueve. Gracias a ellos, el caos se transformó en esperanza y todos descubrimos que, incluso en los peores momentos, siempre hay manos dispuestas a sostener aquello que se tambalea.

Claro que este documental también plasma el reverso de la situación y no me refiero solo a ese afán por convertir esta desgracia en un espectáculo mediático con la resignación que muchos experimentamos tras ver muchas botas llenas de barro convertidas en contenido para redes sociales, sino a que hay quienes aprovecharon el desconcierto de aquellos días para actuar movidos por el oportunismo más crudo. Saquearon supermercados e incluso viviendas particulares, convirtiendo la desgracia ajena en un escenario para el pillaje. Ese comportamiento, tan ajeno al espíritu de solidaridad que sostuvo a la mayoría, dejó una sombra amarga sobre un momento ya de por sí devastador.

Durante semanas, la herida abierta por los muertos y desaparecidos, con dos familias que aún hoy no han podido recuperar los cuerpos de sus seres queridos, ocupó las primeras planas de los periódicos y llenó la cobertura de todas las televisiones. Pero, poco a poco, las cámaras se marcharon, llegó el silencio informativo y dejamos hasta de saber qué había sido de aquellas personas que habían perdido sus negocios, sus vehículos e incluso sus casas, viviendo varias semanas sin agua, sin luz y sin ley, en condiciones propias del tercer mundo. El Blasco devuelve al centro del relato aquello que nunca debió diluirse: la memoria de lo ocurrido, la dignidad de quienes lo vivieron y la necesidad de comprender lo que significaron aquellos días más allá del ruido mediático. Su estreno recuerda aquel 29 de octubre de 2024 con la profundidad y el respeto que merecía desde el principio pues no se narra desde la tragedia explícita ni desde la guerra política posterior, sino desde un lugar que obliga a mirarnos al espejo de la responsabilidad colectiva.

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