La gran épica de la vuelta a casa
Han pasado tres años desde que Christopher Nolan estrenara Oppenheimer, el biopic sobre el científico que estuvo detrás del desarrollo de la bomba atómica, con el que consiguió siete Óscar. Después de semejante éxito, podría haber continuado explorando la historia reciente, pero si algo ha demostrado es que no está dispuesto a quedarse quieto. Del thriller de Memento al de superhéroes con Batman (2005-2012) decidió pasar a la ciencia ficción con Origen (2010), y sorprender en el género espacial con Interstellar (2014), y cuando parecía que ese podría ser su camino dio un giro a lo histórico con Dunkerque (2017) para luego hacer una película de espías con Tenet (2020), recorriendo géneros completamente diferentes y buscando nuevos retos. Ahora se atreve con uno de los textos fundacionales de la literatura occidental: La Odisea.
¿Cuánto hay de fiel en la película respecto a la historia original atribuida al poeta ciego? Las noticias, abundantes y casi diarias de los medios de comunicación, se han centrado en el elemento IMAX o en que si el vestuario, los cascos o determinados elementos corresponden realmente a la Grecia de Homero. Pero esa no debería ser la pregunta. La Odisea no es un documental histórico, sino un poema lleno de dioses, cíclopes, sirenas, brujas y monstruos. Nolan tiene derecho a reinterpretarlo. La cuestión es si esas licencias sirven para conservar el espíritu de la historia. Vaya por delante y por encima de todo que la película cumple sobremanera el nivel cinematográfico que nos tiene habituados el director. Es entretenida, pese a su duración, mantiene la tensión y las subtramas con eficiencia y las imágenes con la música impactan como siempre. Sin embargo, echo en falta al Odiseo clásico.
La Odisea no es solamente la historia de un hombre que intenta volver a casa. Es también la historia de la astucia frente a la fuerza bruta, de la inteligencia, del engaño, de la audacia y, sobre todo, del precio que se paga por la soberbia. El Odiseo de Homero es capaz de derrotar al cíclope Polifemo utilizando la palabra y el ingenio para después cometer el error de revelar su verdadero nombre por puro orgullo. Y ese pequeño gesto desencadena buena parte de su sufrimiento posterior.
En la película, sin embargo, siento que esa característica queda demasiado diluida. Polifemo funciona visualmente y su aparición es espectacular, pero me falta aquella confrontación intelectual que hacía tan fascinante al personaje en el libro. Para el que no lo conozca, lo resumo rápidamente aquí: Tras dejar ciego a Polifemo, Odiseo le dice que se llama nadie, logrando que los demás cíclopes que acuden a ayudarlo tras escuchar sus gritos de agonía se marchen cuando les explica que “nadie le ha atacado”. Al alejarse en barco, el orgullo de Odiseo le lleva a revelar su verdadero nombre, permitiendo que la maldición de Polifemo ante su padre Poseidón se cumpla. Lo mismo ocurre con otros episodios que aparecen transformados o directamente desaparecen. La película nos muestra al héroe, pero no siempre consigue mostrar al hombre contradictorio que hay detrás de él.
Y es una lástima, porque esa contradicción es precisamente una de las grandes virtudes del personaje: Odiseo quiere regresar a casa, pero constantemente encuentra nuevas razones para alejarse de ella. Es inteligente, pero su orgullo le condena. Quiere a Penélope, pero debe enfrentarse continuamente a la tentación. Y su valía como héroe es su resistencia ante todo ello, que, junto con su astucia, termina triunfando donde el resto de sus hombres no. Y aprende, pues sabe disfrazarse de mendigo en vez de retornar como el héroe que es para aprender y evaluar siendo el único personaje que le reconoce en toda Ítaca su perro fiel Argos cuya única misión ha sido mantenerse con vida para poder morir en paz al ver a su amo. Uno de los escasos momentos que en la obra original logra conmover y producir una lágrima al imperturbable y resiliente Odiseo.
Nolan parece estar más interesado en otro de los grandes temas de la obra: la guerra y sus consecuencias. Aquí La Odisea se convierte en una película mucho más antibélica que el propio poema. La guerra de Troya deja de ser simplemente el acontecimiento que pone en marcha la aventura para convertirse en una herida que acompaña a los personajes durante todo el viaje. El director aprovecha además una teoría histórica especulativa sobre los Pueblos del Mar (una civilización que se sabe que existió, pero se desconoce su origen) para convertirla en uno de los giros de la trama, explicando que son los propios griegos transformados en una fuerza destructiva que recorre el Mediterráneo como consecuencia de la guerra de Troya. Una licencia de Nolan que refuerza una de sus ideas recurrentes: la civilización puede terminar destruyéndose a sí misma cuando sobrepasa sus propios límites, como el de la Ley de Zeus.
Y aquí aparecen también las sirenas, el loto o las vacas de Helios. Elementos que, más allá de la mitología, representan algunas de las grandes debilidades humanas: la tentación, la codicia, la desobediencia, la soberbia o el deseo de olvidar. Y Atenea, como única diosa presente en toda la película, como conciencia del personaje (no tanto como la de la sabiduría que representa en el libro). El loto, por ejemplo, representa algo tan sencillo como terrible: olvidar quién eres y aquello por lo que luchas. Y Calipso supone una tentación parecida: una vida apartada del mundo, sin guerra ni responsabilidades, a cambio de renunciar al regreso, que de forma inteligente estos dos episodios los aúna el director. Es aquí donde Nolan vuelve a demostrar que, incluso cuando discrepo de algunas de sus decisiones, sigue siendo uno de mis cineastas predilectos.
En toda su filmografía hay algo que siempre me fascina: su capacidad para hacer que el cine parezca gigantesco. Rodada íntegramente en IMAX, con barcos reales, actores aprendiendo a navegar y una apuesta decidida por localizaciones y efectos físicos frente a las pantallas verdes, La Odisea lleva la obsesión técnica de Nolan un paso más allá. Y cuando aparecen los grandes momentos mitológicos, se nota. Pero también aparece, una vez más, uno de los problemas que personalmente encuentro en buena parte de su filmografía: sus personajes. Nolan sabe construir historias como pocos directores actuales. Sus estructuras son ambiciosas, sus conceptos enormes y su capacidad para generar espectáculo resulta extraordinaria. Pero sus personajes muchas veces parecen vehículos destinados a transportar esas ideas. Son dramáticos, lloran, sufren y hablan sobre la pérdida, el amor o la muerte, pero sus diálogos pueden resultar demasiado expositivos. No los siento reales. Nolan consigue fascinarme constantemente, pero no siempre consigue emocionarme.
Y eso es especialmente importante en La Odisea, porque estamos ante una historia que, en el fondo, habla de algo tremendamente sencillo: un hombre que quiere volver junto a la persona que ama. Ahí está quizá la gran diferencia entre la película que yo esperaba y la que Nolan ha decidido hacer. Echo de menos más humanidad en Odiseo, más astucia, más contradicciones y más de ese hombre que, durante miles de años, ha conseguido que generaciones enteras quieran acompañarle en su viaje.
Pero eso no significa que La Odisea no me haya gustado. Al contrario: Nolan vuelve a demostrar que puede enfrentarse a un género diferente y hacerlo suyo, con una película espectacular, ambiciosa y visualmente impresionante que muestra que un relato escrito hace miles de años todavía puede hablarnos de nosotros mismos. Porque detrás de los cíclopes, los dioses y los monstruos siguen estando la guerra, la codicia, la soberbia, la tentación, el amor y el deseo de volver a casa.
Como apunte extra, no puedo evitar preguntarme cuál será el próximo género en el que se adentrará Nolan. Mientras he visto la película, he percibido ciertos coqueteos con el terror, especialmente en la presentación de Polifemo y en las transformaciones de Circe. Como ya escribí en la crítica de Weapons, el terror tiene potencial para convertirse en la siguiente gran moda, y tengo ganas de comprobar cómo el director británico vuelve a apropiarse de un nuevo género para elevarlo a nuevas cotas de espectacularidad.
Pero, más allá de lo que venga después, La Odisea de Nolan demuestra que en los clásicos siguen residiendo los grandes temas inmortales. Que una historia de dioses y héroes, escrita hace miles de años, siga siendo capaz de hablarnos de nosotros mismos es, quizá, la mejor prueba de que algunas historias nunca dejan de pertenecernos.
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