¡Oh capitán, mi capitán!
Septiembre marca la vuelta a las aulas y este año también la reapertura de la Academia Welton para la versión teatral de El club de los poetas muertos que el pasado 11 de septiembre desembarcó en el Teatro La Latina. Dirigida por Juan Luis Iborra, esta adaptación está basada en la aclamada película dirigida por Tom Schulman a finales de los ochenta. Esta vez es Juanjo Artero quien interpreta al memorable profesor Keating, uno de los papeles más aplaudidos de Robin Williams, quien con métodos poco convencionales y el grito de carpe diem, inspira a sus alumnos a amar la poesía y a buscar su propia voz más allá de las estrictas normas sociales en un mundo que aplaude el conformismo. La función tiene una duración de 110 minutos y está recomendada para mayores de 14 años.
Una de las dificultades a las que se enfrenta cualquier adaptación de un medio a otro es encontrar su propio lenguaje para potenciar sus virtudes frente a sus carencias. Y en el caso de El club de los poetas muertos la complejidad es todavía mayor porque hablamos de una historia concebida inicialmente para el cine, ganadora del Óscar al mejor guion original en 1990 y adaptada un año después a libro, y no al revés como nos tienen acostumbrados últimamente. Y eso conlleva retos extra, pues el Séptimo Arte tiene la ventaja de decidir exactamente qué vemos, desde dónde lo vemos y durante cuánto tiempo. Puede detenerse en un primer plano para mostrarnos la reacción de un personaje o utilizar una imagen, como unas aves volando, para convertirla en una metáfora de ese deseo de emprender el vuelo. El teatro no puede hacer exactamente lo mismo.
Pero esta apreciación no es un problema, sino una oportunidad para contar lo mismo desde un lenguaje diferente. En gran medida esta obra lo consigue, como si le sintiera especialmente bien ser representada en teatro. Creo que es porque el reparto está muy acertado. Conviene destacar la apuesta de esta producción, a cargo de Pentación Espectáculos y A&A, por un elenco muy joven que nos acerca a nuevas promesas como Jacobo Camarena, Sergio Aguado, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro.
Los diferentes alumnos consiguen aportar su propia personalidad, desde el avergonzado Tod, el chico nuevo, hasta los distintos compañeros que rodean a Neil. Especialmente me ha gustado la interpretación Marcos Saneiro encarnando a Richard Cameron, el obstinado defensor de las normas y adulador de profesores, que aporta un matiz fresco y, al mismo tiempo, muy representativo del personaje original.
La figura del padre severo e intransigente asumido por Tomy Álvarez también está muy bien traída en escena y funciona como ese fantasma de autoridad y camino preestablecido constante que pesa sobre los alumnos. Y después tenemos a Juanjo Artero, cuya interpretación tiene una dificultad añadida: inevitablemente, la sombra de Robin Williams planea sobre cualquier actor que se enfrente al personaje de Keating. Sin embargo, consigue hacer suyo el papel apoyándose especialmente en la fuerza de los diálogos y en las lecciones de poesía repitiendo casi palabra por palabra el dialogo original, encontrando ahí su propio espacio sobre el escenario.
La obra de teatro da más intensidad al diálogo que a la acción. El vestuario elegante de estilo años cincuenta corre a cargo de Gabriela Salaverri y la música de Gerardo Gardelín envuelve cada escena a la perfección, rellenando los huecos y haciendo sentir lo que debemos en cada toma. La escenografía de David Pizarro, aunque limitado por las propias características del medio, funciona realmente bien dentro de ese entorno escolar que se mueve principalmente entre las aulas. Muy original me ha parecido, además, la forma de introducir el bosque y la cueva donde el club de los poetas muertos se reúne durante la noche, ese espacio donde los jóvenes pueden dar rienda suelta a una personalidad todavía incipiente y dejar su propio verso en la historia.
Y si algo puedo garantizar es que la obra rebosa intensidad y fuerza. He podido escuchar más de una lágrima a mi alrededor, algo que no siempre ocurre en el teatro, donde quizás nos ponemos una mayor coraza emocional para no afectar a la actuación ni al disfrute de quienes tenemos al lado. Conseguir romper esa barrera y emocionar de esa manera al público es algo que, sin duda, puede hacer sentir orgullosos a todos los artistas que intervienen, tanto dentro como fuera del escenario.
Fijaos también porque la función recurre al metateatro, un recurso dramático que rompe la ilusión de la realidad escénica, y lo utiliza para resaltar un conflicto que, pese a que la historia esté ambientada en los años cincuenta, continúa plenamente vigente: los miedos y las expectativas de los padres proyectados sobre sus hijos hasta el punto de hacerles renunciar a sus propios sueños por miedo al fracaso.
En este marco, la obra cuenta prácticamente las mismas cuestiones que la película, pero siento que en algunos momentos borra el contexto necesario. Por ejemplo, es importante comprender qué tiene de diferente la enseñanza del nuevo profesor y por qué su forma de entender la literatura choca tanto con la idiosincrasia de la estricta y retrógrada Academia Welton comparando las clases con otro profesor. Y también es esencial entender la evolución de Tod, el chico nuevo y tímido, en paralelo a la de Neil. Neil deja su verso impreso en el corazón de su amigo para que, finalmente, Tod pueda levantarse y elevar su voz por encima del mundo. Y, en ese final, el orden de levantarse sobre la mesa importa.
Siempre suelo preferir lo sutil frente a lo explícito. A mí me llega más un subtexto que un mensaje lanzado directamente a la cara. Porque en los detalles está el diablo. (Atención, spoilers). El primer momento en que Neil muestra su interior es mediante un bramido. Después ese bramido se convierte en palabras con una poesía forzada a salir por el profesor Keating. Y cuando finalmente pasa de las palabras a la acción es gracias al consejo de su amigo de lanzar su regalo repetido de cumpleaños, enfrentándose así a la autoridad de sus padres. Ahí también es importante que sea él y no su camarada quien lo lance.
Por otro lado, considero un pequeño error en la historia teatral que el director de la Academia Welton sea el que tiene una conversación con el profesor Keating quien al principio de la película tiene con su igual, el profesor McAllister, que le aconseja no crear ilusiones en sus alumnos en una escuela tan estricta como esa, advirtiéndole que tenga cuidado con esa cuestión. Al fin y al cabo, si el director conociera los métodos de Keating desde el principio sería cómplice de su enseñanza y su expulsión no tiene ninguna fuerza. De hecho, sobre la despedida del personaje encarnado por Juanjo Artero sobrevuela un velo de posibles actos legales contra él que confunde un poco, cuando el drama está en que es despedido sin más y que en ese despido se ve que sus palabras y sus clases sí hicieron cambios en algunos estudiantes.
De igual modo encontramos algunos cambios cuando el padre de Neil irrumpe en la obra y le fuerza a hablar de sus sentimientos. No son de mi gusto, pero sí resultan muy efectivos en el público, y eso debo reconocerlo. Al igual que la conversación previa y posterior de Keating con Neil sobre su pasión por la actuación y la incomprensión de sus padres. Son pequeños detalles que construyen la evolución de los personajes y que, al modificarse el fondo, cambian también la lectura de lo que ocurre después.
Lo mismo sucede con las lágrimas del propio profesor Keating cuando relee su antigua frase de apertura del club y encuentra un nuevo significado en el alma de su alumno fallecido. O con la escena de la firma, donde para mí es casi más importante aquello que no se enseña que lo que se muestra y dice. El propio título de la obra es una declaración de intenciones. Los poetas muertos son los soñadores difuntos, y las imágenes de como los representas importa. Por lo que si un fallecido se aparece con marcas de violencia esa impronta transmite culpabilidad, no paz. Y ese sentimiento es precisamente el opuesto al que busca transmitir la película.
Por eso, aunque la obra consigue potenciar el drama y hacer que el público conectemos con la tragedia, siento que en ese camino pierde parte de aquello que para mí hacía tan especial a El club de los poetas muertos: su mensaje de carpe diem. El club de los poetas muertos no es únicamente una historia sobre la tragedia de Neil, si no una evolución de los que no se atreven a mostrar su verdadero interior, como Tod. Es una historia sobre aprender a vivir con pasión, pensar por uno mismo y encontrar nuestra propia voz frente a la conformidad. Habla sobre atreverse a mirar el mundo desde otra perspectiva y comprender que nuestra vida también nos pertenece. Y ese mensaje positivo, ese vive el momento, no termina de dejar en la obra la misma huella que deja en la película.
Aun así, que los espectadores nos pongamos en pie aplaudiendo al finalizar esta historia, tantos años después, sigue teniendo algo que decirnos. La adaptación teatral puede perder algunos de los matices que hicieron inolvidable a la película, pero conserva algo mucho más importante: la capacidad de emocionarnos y hacernos mirar, aunque sea durante dos horas, nuestra propia vida desde otra perspectiva. Porque quizás ese sea, al final, el verdadero significado de carpe diem: no simplemente vivir el momento, sino atrevernos a vivirlo como queremos.
2D Animator and Character Layout artist




