Un paseo entre agua y piedra
Hay lugares que parecen creados para recordarnos que la naturaleza tiene un talento innato para la poesía. El Monasterio de Piedra, en la provincia de Zaragoza, es uno de ellos. Aquí el agua se convierte en narradora de una historia que se remonta a 1194 cuando un grupo de monjes cistercienses llegó a este valle del río Piedra buscando un sitio apartado para fundar un monasterio. Eligieron este enclave por su aislamiento, pero pronto descubrieron que el verdadero tesoro se había moldeado genuinamente durante miles de años con la roca caliza creando un paisaje indescriptible. Pese a la mano del hombre desde ese momento, el entorno permanece como un festival de cascadas, cuevas y estanques que invitan a parar, a escuchar y, sobre todo, a respirar. Porque ahora que el verano invita a la pausa pasear por este jardín natural se antoja como el mejor plan.
Para quienes tenemos más hilos sueltos que monedas en el bolsillo, alojarse en el Hotel del Monasterio de Piedra, ubicado en el claustro nuevo, no es posible así que, en mi caso, he apostado por alquilar uno de los apartamentos en Carenas, un pequeño y tranquilo pueblo ubicado a veinte minutos del Monasterio de Piedra. El rincón acogedor Espacios del Mundo, al que no le falta detalle, se ha convertido en mi base para explorar este paraíso natural al que se llega cruzando el Embalse de La Tranquera y el río Piedra. Si sois de los que os mareáis con las curvas, ya os adelanto que prácticamente todo el recorrido está repleto de carreteras estrechas y desniveles, típicas de zona rurales.
Una vez en el Monasterio de Piedra, os confirmo que el parking es bastante amplio y gratuito. Las entradas sí que me han parecido costosas (20 euros la general si compráis en la taquilla como ha sido mi caso) e incluye tanto la visita al parque como al monasterio cisterciense del siglo XIII. Os diría que ahora en verano evitéis las horas de más calor, aunque os confieso que yo he hecho el recorrido por la tarde y hay sombras. Eso sí, os aconsejo llevar botellas de agua porque el recorrido es largo (aproximadamente yo he estado tres horas) y utilizar calzado cómodo porque hay escaleras, pasarelas y zonas húmedas que os podrían hacer resbalar.
Os adelanto que a la entrada del parque os tomarán unas fotografías, aunque yo no las he adquirido porque me ha parecido un recuerdo un tanto caro (aunque si vais a comprar las imágenes y escogéis varias os hacen descuento). Pese a que hay un mapa en este inicio, el personal os comentará en este punto de partida que el sendero está muy bien señalizado por colores. Un detalle que me ha parecido muy útil porque en mi caso he recorrido el parque con mascota y he tomado algún que otro atajo para que mi perro no se cansara en exceso. En este punto, por si os los estáis preguntando, los peludos sí pueden entrar al parque con correa. Lo que no pueden es acceder al interior del monasterio, pero os aseguro que van a disfrutar de un paseo largo y sin prisa, porque ya sabéis que sois vosotros los que os podéis detener en cada rincón el tiempo que deseéis.
Si bien es un recorrido turístico, como es tan amplio nunca se pierde la sensación de estar en un lugar natural y vivo. Si tuviera que elegir uno de los rincones más bucólicos del parque me quedo con el Baño de Diana. Quizás sea porque es la primera cascada con la que se han topado mis ojos, pero la realidad es que tiene una caída delicada, casi íntima. Nada tiene que envidiarle la Cola de Caballo. Es la más famosa, la más fotografiada y la más imponente con sus cincuenta metros de caída. Evidentemente su nombre no es casual pues su forma recuerda la cola de un equino en movimiento. Lo más fascinante es que no solo se contempla desde fuera ya que se puede entrar detrás de la misma en la llamada Gruta Iris.

Si hablamos ahora de rincones mágicos posiblemente me quedo con el Lago del Espejo y la calma de sus aguas que reflejan los árboles como si fueran un cuadro. Es un rincón inspirador, casi espiritual. En general, el recorrido ha estimulado todos mis sentidos y me ha demostrado que paso mucho menos tiempo en la naturaleza del que me gustaría. En mi día a día no soy consciente, pero realmente me hace muy feliz algo tan simple como ver el agua caer en múltiples hilos como si no quisiera decidirse por un solo camino. Ha sido un regalo que me haya obligado a bajar el ritmo hasta sentir el frescor de la humedad en la piel. Qué paz, de verdad.

El Monasterio de Piedra tiene una belleza natural que se ha impregnado en su tienda de souvenirs. Y es que una vez que hayáis llenado la cámara del móvil de fotografías, os espera un espacio con una amplia variedad de artículos: desde detalles típicos como imanes o dedales hasta un gran surtido de productos aragoneses, entre los que destacan vinos, chocolate y repostería artesanal.
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