Paje por un día
Desde que el pasado mes de noviembre me comunicaron que había sido seleccionada para participar en la Cabalgata de Madrid supe que algo extraordinario me esperaba el 5 de enero de 2026. Y, en efecto, por unas horas, he tenido la oportunidad de convertirme en un hilo más del tejido invisible que une a generaciones enteras a través de la magia. Si bien esta tradición del desfile en la víspera de Reyes se organiza en la capital desde 1928, lo cierto es que, con el paso de los años, ha ido creciendo en escala, organización y simbolismo hasta convertirse en uno de los eventos más emblemáticos de la ciudad. Para mí, que he crecido saludando por la televisión a sus Majestades de Oriente mientras merendaba chocolate y roscón con mi familia, ha sido todo un sueño hecho realidad poder mantener vivo el espíritu festivo en este colofón de la Navidad.
La Cabalgata de Madrid es un espectáculo único, capaz de transformar la ciudad en un gran escenario de fantasía que es retransmitido por la pequeña pantalla en todo el país. Si bien, a lo largo de mi vida, únicamente he acudido en dos ocasiones a presenciar la magnitud de su despliegue en directo, lo cierto es que no ha sido hasta ahora, formando parte del corazón mismo del desfile como miembro del grupo Baltasar en Movimiento, acompañando al rey más esperado, más celebrado y más querido por miles de niños y niñas, que he sido consciente de la enorme participación que moviliza al recorrer uno de los ejes urbanos más emblemáticos de la capital -Paseo de la Castellana, Recoletos y Cibeles-.
Si alguna vez os habéis planteado formar parte de la comitiva de los Reyes Magos en la Cabalgata más mediática de España, os adelanto que el Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid suele abrir el proceso de inscripción entre finales de octubre y principios de noviembre y que los voluntarios se adjudican por estricto orden de llegada hasta completar el cupo previsto. Por mi experiencia, os aconsejo que estéis muy pendientes pues en apenas un minuto las plazas quedan cubiertas y, una vez que rellenáis el formulario de registro, se requiere disponibilidad no solo para asistir al desfile sino también a una prueba de vestuario y a los ensayos planificados el mismo día del evento. En este sentido, he de reconocer que se hace un tanto pesada la espera en el recinto habilitado durante las horas previas al desfile dadas las bajas temperaturas propias de esta época (¡este 2026 además amaneciendo con nevada!) por lo que os recomiendo que os abriguéis con calcetines, camisetas y pantalones o mallas térmicas, además de guantes. Os aseguro que no os sobrará ninguna capa de ropa debajo del traje de paje que, para mí, ha sido un honor lucir a la vez que una responsabilidad. Al fin y al cabo, se trata de una invitación a representar algo que trasciende lo cotidiano como es la ilusión. Las telas brillantes, los detalles artesanales, el turbante… todo tiene un peso simbólico que va más allá de un disfraz.
Desde el ensayo de la coreografía, el grupo Baltasar en Movimiento hemos desprendido una energía especial. Quizás por nuestro entusiasmo genuino o por nuestro sentimiento de camaradería y de estar construyendo algo juntos. Cada mirada cómplice, cada broma nerviosa, cada gesto de apoyo ha reforzado la idea de que estábamos a punto de vivir algo irrepetible. Y ese espíritu festivo ha contagiado el lugar hasta el punto de que hemos vivido un momento íntimo, casi ceremonial, entre quienes formábamos parte del séquito de sus Majestades de Oriente. Instrucciones de última hora, ajustes de vestuario, coordinación con el equipo técnico… un engranaje gigantesco que, desde dentro, se ha sentido como una coreografía perfectamente sincronizada.
La Cabalgata de Madrid ha sorprendido un año más incorporando nuevos elementos culturales y creativos en sus carrozas, aunque, como no podía ser de otra manera, todas las miradas se han posado sobre los verdaderos protagonistas: Melchor, Gaspar y Baltasar. Tan majestuosos, serenos, imponentes. Su presencia, desde luego, ha transformado el ambiente y, de pronto, todo ha cobrado sentido para los que los acompañábamos en su viaje desde Oriente guiados por la Estrella de Belén.
En este preciso momento de arranque, Madrid se ha abierto para mí como un océano de luz y color. Aunque por algunos momentos el resplandor de los focos me cegaba, he percibido el mayor brillo en las miradas de los pequeños. A mi paso por el desfile, la ciudad ha explotado en aplausos, gritos, flashes y sonrisas. Muchas sonrisas. Desde mi posición, he visto también cómo las calles se han convertido en ríos humanos fluyendo hacia la cabalgata con una mezcla de alegría y expectación.
Desde luego, ser paje de Baltasar no ha sido simplemente caminar junto a una carroza sino ser puente entre la fantasía y quienes la reciben. Los niños me han mirado como si fuese una de tantas ayudantes reales y, de algún modo, siento que, en ese momento, sí que ha emanado la mayor autenticidad en mí pues cada saludo, cada gesto, cada caramelo lanzado ha sido ejecutado con una emoción que me ha atravesado el pecho.
Como no podía ser de otra manera, el grupo Baltasar en Movimiento hemos hecho honor al nombre con ritmo, energía, danza. La música nos ha envuelto y nos ha impulsado, convirtiendo cada paso en una celebración mientras adultos y niños nos respondían. Desde los balcones, desde las aceras, desde cualquier hueco disponible, la gente se ha sumado al espectáculo. Me he fijado, sobre todo, en esos abuelos emocionados y en muchos adolescentes grabando cada segundo para compartir en sus redes sociales.
Ahora bien, si hay un instante que para mí se ha quedado suspendido en el tiempo y que me ha hecho comprender la magnitud de lo que estaba viviendo es la necesidad colectiva de creer en algo bueno, aunque sea por una noche. En la pureza e inocencia de los críos entregándome sus cartas para que se las hiciera llegar a Baltasar ha brotado también mucha nostalgia y ternura de los adultos acompañantes, quizás con la esperanza de que sus sueños no escritos algún día también se hagan realidad. Esta percepción tan simple ha justificado todo y me ha hecho comprender que la magia no está en los trajes ni en las carrozas: está en la mirada de quien cree.
La euforia y adrenalina del recorrido ha dado paso al cansancio posterior a la cabalgata. Es ahí cuando mi cuerpo ha empezado a notar el esfuerzo de tantas horas de pie, de movimiento, de atención constante. Sin embargo, la sensación de estar agotada y plena al mismo tiempo me ha parecido tan extraña como maravillosa. Y, principalmente, ha sido un recordatorio de que la ilusión es un motor poderoso, capaz de mover muchos corazones. Gracias al universo por este regalo de mirar a los ojos de quienes aún creen que todo es posible.
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